En este sitio encontrarás toda la información que necesitas para venir al Poble Rural de Puig Arnau-Pubilló a celebrarnos entre todos.
En el año 1997, mientras el mundo descubría internet, en Vitoria nacía nuestra protagonista: Ana. Creció custodiada por dos hermanos mayores y un grupo de amigas de esas que son como una secta (de las buenas), de las que no te libras ni aunque te mudes a 500 kilómetros.
Tras estudiar tres años de Psicología en San Sebastián, Ana decidió que ya había tenido suficiente lluvia y que el último año de carrera lo pasaría en Barcelona. ¿Por qué? Porque dos de sus amigas ya estaban aquí y porque, tras un par de visitas, descubrió que la noche barcelonesa tenía "un no sé qué que qué se yo..." que le sentaba de maravilla.
Pero claro, vivir en la gran ciudad no es gratis. no le habian contado que aquí, si quieres un alquiler digno o un aguacate en su punto, tienes que vender un riñón y parte del bazo en el mercado negro. Ana empezó trabajando en una consulta de psicología donde hacía de secretaria para una jefa que, irónicamente, necesitaba más terapia que sus pacientes. Por suerte, una compañera de la universidad le salvó la vida y acabó de monitora en un colegio.
Allí entró en escena el "princeso" del cuento: Marc. Un arquitecto reciclado en "quién sabe que le deparará el futuro", exalumno del colegio y también con dos hermanos mayores (parece que la falta de atención de los hermanos pequeños fue lo que les unió y, bueno, el hecho de ser los pequeños y mimados de ambas casas también puede ser un tema recurrente en algun que otro momento).
El primer día de trabajo, Marc llevó a Ana a conocer a la tutora del niño que debía cuidar. La tutora era de pueblo profundo y no soltaba el catalán ni bajo tortura; Ana, de Vitoria, no se atrevía ni con el "els calçots". Marc, """con esa guasa que le caracteriza""", se partía de risa viendo lo fluida que podía llegar a ser la comunicación entre ambas.
Era la época del COVID, donde ligar era un deporte de riesgo, pero Marc no pudo evitar fijarse en esos ojos achinados y exóticos de Ana que nunca parecen abrirse del todo (especialmente por las mañanas).
Tras un año compartiendo patios, reuniones, chillidos en el comedor y alguna que otra bronquita jefe-trabajador (ya sabemos lo que le gusta la charla a la vasca), llegó el verano y con él, el último partido del equipo que Marc entrenaba. Perdieron un ascenso por 15 malditos segundos (una tragedia griega que todavía le provoca tics nerviosos), pero no todo fueron dramas, ese día, mejor dicho, esa noche, surgió la chispa. No hubo celebración de ascenso, pero sí hubo un "algo" entre el jefe y la monitora. Pasaron el verano separados, mensaje va, mensaje viene, sin forzar nada, hasta que el nuevo curso los volvió a juntar. Y ahí, entre cañas, vermuts y alguna que otra carrera, se dieron cuenta de que, de forma natural, la cosa funcionaba.
Han pasado 5 años recorriendo mundo, quemando zapatillas y compartiendo alguna que otra cerveza, bueno puede que igual alguna más... Y como Marc es un experto en liar a Ana (y ella una experta en dejarse liar), le convenció para correr su primera maratón en París, aprovechando que allí vive una de esas amigas "locas del deporte" que corre un ultraman un martes cualquiera antes de desayunar y lo denomina en STRAVA como "easy run".
Marc, en un alarde de optimismo romántico, corrió los 42 kilómetros con un anillo en el bolsillo, Su plan era hincar la rodilla en la meta, pero al cruzarla, un par de calambres en el pulmón derecho, el hierro 5 y el putt (para los no conocedores, son palos de golf) que tenía por piernas, en definitiva, la falta de dignidad era tal, que decidió que era mejor no regalar ese momento comico a la ciudad del amor. Tuvo que esperar al día siguiente para, con el cuerpo más rígido que un Playmobil, "clavar rodilla" junto al Canal de Saint-Martin.
Y así llegamos al día de hoy: Ana vive en una nube planeando el día más caro de su existencia, y Marc tiene pesadillas recurrentes con el Excel de gastos, la probabilidad de lluvia de los últimos 30 años, la tendencia del cambio climático y si la fiebre porcina llegará a la zona...
Esperamos no dejar nunca de escribir páginas de esta historia... o que al menos la barra libre amortice el riñón que hemos puesto a la venta en wallapop.
P.D.
Aunque la escena del anillo en París parezca el clímax de esta historia, el verdadero momento de "infarto de miocardio" para Marc ocurrió un mes antes.
Marc, que es un poco paranoico de la estética y quería que todo fuera "bonito y en el lugar correcto", no tenía ninguna duda de que Ana diría que sí (básicamente porque ya no hay quien nos aguante a ninguno de los dos). Sus nervios reales se centraron en una misión mucho más arriesgada: el desayuno del pánico.
Aprovechando que los padres de Ana estaban de visita en Barcelona (hecho recurrente en los últimos 2 años) y que ella se había ido a trabajar temprano (diciendo antes, como cada mañana: "¿puedo no ir al cole?"), Marc decidió que era el momento de sacar el anillo mientras sus suegros desayunaban tranquilamente. La madre de Ana, que estaba disfrutando de su tostada preparada religiosamente por el padre (como cada mañana, que para eso hay tradiciones sagradas), casi se queda allí mismo. El anillo apareció, y, de repente, la tostada ya no quiso entrar, más bien salió tras un tosido nerviso. Tras unos segundos de silencio "no aptos para cardíacos", el padre de Ana reaccionó. Pero no como en las pelis, sino yendo a buscar el anillo que él regaló a su mujer para compararlos. Un momento muy técnico, muy de "a ver quién tiene el pedrusco más brillante".
Al final, Marc siempre recordará ese desayuno como el día en que hizo PR en STRAVA de pulsaciones por segundo; la madre lo recordará como el día en que su futuro yerno casi tiene que practicarle la maniobra de Heimlich para sacarle la tostada.; y el padre, esperamos que lo recuerde como un gesto cariñoso "pidiendo permiso"... su niña, es su niña.
Y la última sorpresa se la llevo Ana cuando después de la escenita en Paris dijo:
¡A ver como le cuento esto ahora a mis padres!
A lo que Marc respondió:
No sufras, ya he hecho el trabajo por ti...